El Colosseo, el mayor anfiteatro de Roma y a su vez la imagen más
exportada de la ciudad, fue construido por el emperador Vespasiano en
el año 72 d. C., en los terrenos del palacio de Nerón y
junto a una colosal estatua del mismo. La palabra Colosseo significa,
precisamente, junto al coloso.
En él los romanos daban rienda suelta a sus ganas de espectáculo:
luchas a muerte entre gladiadores, suculentos banquetes de cristianos
para fieras salvajes, representaciones de batallas históricas e
incluso batallas navales (el coso podía llenarse de agua como una
piscina) constituían los programas habituales.
 La
entrada era libre y los espectáculos estaban financiados por el
emperador o por las clases adineradas, para
distraer al pueblo y así evitar que pensasen demasiado en la mierda
de vida a la que los ricos y los poderosos les obligaban a vivir, justo
lo que sucede hoy en día.
Afortunadamente (para nosotros) hemos conseguido que el poder no pueda
matarnos por las buenas (aunque eso no pasa en todos los países:
véase EEUU y otros países bárbaros y trogloditas
en los que la pena de muerte aún está vigente). Así
hoy nos distraen con programas tipo Big Brother, Operación Triunfo
y cosas por el estilo logrando, eso sí, el mismo efecto: imbecilizarnos
para
poder seguir exprimiéndonos sin disimulo ni piedad y con infinita
codicia a nosotros y a nuestro planeta.
Pero volviendo al Coliseo, cabe decir que esta solemne, bella y sobretodo
práctica construcción, capaz de albergar a 55 mil espectadores
que accedían a él por sus 80 entradas, ha sido la inspiración
de los estadios que hoy en día se siguen construyendo.
Este es uno de los muchos anfiteatros que se construyeron en Roma. Algunos
de los que aún se conservan son el
de Verona (más
pequeño pero en mejor estado), el de El Djem (en Túnez)
o los de Nimes y Arles en Francia.
Por desgracia el Colosseo se encuentra muy deteriorado a causa de la
utilización que se hizo de sus piedras a lo largo de los siglos,
para construir desde simples viviendas hasta palacios renacentistas, puentes
e incluso algunas partes de San Pedro. Pero aún así sigue
siendo una construcción imponente y majestuosa en la que, si uno
se concentra, puede llegar a oir las lejanas luchas de gladiadores o los
gritos desesperados de los infelices cristianos que murieron aquí.
¡Menudos espectáculos que debían ser!
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