Amanece con una espesa niebla en las costas de Venecia. Parece
un día excelente para visitar cementerios.
Oculto por la niebla epieza a distinguirse esa isla llana de la que solo
se alza una hilera de cipreses que, camino de las almas, apuntan
orgullosos al cielo.
Poca gente desciende en la isla. La mayoría turistas, aunque también
algunas personas tristes y armadas de flores.
No sé exactamente qué he venido a buscar aquí,
pero he venido dispuesto a descubrirlo.
A primera vista el cementerio parece algo soso. Tumbas, tumbas y más
tumbas se pierden en la llanura y el olvido de la gente.
Unos
enterradores preparan lo que será el último lecho de algún
infeliz, que quizá conoce ya la plena felicidad. Cómo han
cambiado los sepultureros desde los tiempos de Edgar Allan Poe,
casi no se les reconoce ya.
Me dejo llevar. Al fondo de la isla las tumbas ceden su puesto a mausoleos
y estanterías de almacenaje de muertos, también conocidas
como nichos. Funcionales en su mayoría, carentes de magia y de
belleza.
Unas extrañas flores me regalan la vista con unos inusuales
y vivos colores. Quizá sean lo más bello que haya por aquí.

No parece esconder mucho más esta enorme tumba en forma de isla.
De regreso al embarcadero algo me sobresalta. Parece que un espíritu
ha salido de su fosa... pero no, no es más que una tétrica
visitante.

Me marcho de aquí con la certeza de haber encontrado lo que he
venido a buscar. La certeza de saber que este lugar aún no me quiere,
aunque yo le ansíe a él.
Debo seguir esperando...
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