BUCAREST
A principios del siglo XX Bucarest era una ciudad cosmopolita, con
una arquitectura peculiar y extravagante y una intensa vida cultural.
En aquella época fue bautizada como el pequeño París,
y por sus calles paseaban los artistas e intelectuales de la época.
Después, lamentablemente, llegó la II Guerra Mundial
y la dictadura de Ceaucescu, y ese ambiente moderno y cultural se
perdió convirtiéndose en un lugar inhóspito:
buena parte de su patrimonio arquitectónico tradicional se
perdió dando paso a grandes cubos paquidérmicos de
hormigón, grises y funcionales.
A pesar de ello, a raíz de la entrada de Rumania en la
Unión Europea y a la consiguiente reapertura a Europa,
Bucarest vive un nuevo período de auge y esplendor.
Es una ciudad con grandes y arboladas avenidas, abundantes cafés
y restaurantes con terrazas, muchas áreas verdes y parques
espaciosos, algunos de ellos con lagos y barcas, y una animada
vida cultural y nocturna.
Entre su arquitectura actual destaca el Palacio del Parlamento,
un edificio colosal construido bajo la dictadura y el segundo
más grande del mundo después del Pentágono.
Ceaucescu derribó varios para construirlo.
Otro personaje conocido es Vlad Tepes, el fundador de la ciudad.
Las ruinas de su palacio (s.XV) se pueden visitar y cuenta la
leyenda que la crueldad con la que gobernaba inspiró el
personaje del conde Drácula.
También son obligadas la Iglesia Patrimonial, la iglesia
Stavropoleos, la Galería Nacional de Arte, el Museo Nacional
de Historia y la Curtea Veche, con su iglesia pintada del s.XVI.
En el parque Herastrau, cerca del Arco del Triunfo, está
el espléndido Museo de la Aldea, al aire libre, con muestras
de la arquitectura y artesanía popular de toda Rumania.
Bucarest está rodeada de bosques y lagos, y en esos parajes
tan pintorescos hay antiguos palacios y monasterios que merecen
la pena ser visitados. Por citar dos de ellos, el monasterio de
Snagou (1408), a orillas de un lago y el Palacio Mogosoaia, del
s. XVIII.